Está en algo mucho más profundo y difícil de admitir:
la mayoría de las marcas no cree realmente en lo que comunica.
Se diseñan discursos, se construyen narrativas, se redactan propósitos…
pero en el fondo, todo eso funciona como una capa de corrección sobre una realidad que no se quiere mirar.
El marketing se ha convertido en un sistema sofisticado de autoengaño estructurado.
No se trata de convencer al cliente.
Se trata de sostener una ficción interna lo suficientemente coherente como para que no se desmorone desde dentro.
Por eso tantas estrategias fallan incluso cuando están bien ejecutadas.
Porque la ejecución no puede compensar una falta de verdad.
El marketing posthumanista no empieza fuera.
Empieza en un punto incómodo:
cuando una organización se enfrenta a lo que realmente es, no a lo que dice ser.
Y ahí ocurre algo decisivo.
O se maquilla la incoherencia…
o se transforma la estructura.
No hay término medio.
Porque cuando lo que haces y lo que dices no coinciden, el mercado no te castiga:
simplemente te expulsa del campo de lo relevante.
Y no hay algoritmo que pueda salvar eso.