Una marca no se experimenta solo con los ojos.
También se respira.
En la velocidad de una página.
En la claridad de una frase.
En el peso de un formulario.
En la calma o ansiedad que deja una pantalla.
Cada interacción produce una pequeña respuesta corporal. El usuario no siempre sabe explicarla, pero la siente: aquí puedo confiar, aquí me presionan, aquí me pierdo, aquí quiero seguir.
El marketing posthumanista empieza cuando dejamos de ver al usuario como un dato y volvemos a verlo como un organismo sensible.
No basta con captar atención.
Hay que diseñar estados interiores.
Porque una marca no entra en la memoria por insistencia.
Entra por atmósfera.