Pero ese modelo ha quedado obsoleto.
Hoy, comunicar no es hablar: es crear condiciones para que algo ocurra.
El marketing posthumanista no construye discursos cerrados, sino umbrales de experiencia: espacios donde el otro puede entrar, interpretar, participar y transformar lo que recibe.
No empuja conclusiones; invita a procesos.
El mensaje deja de ser una instrucción y se convierte en un entorno.
La marca ya no explica quién es, sino que permite que el otro lo descubra.
En esta transición narrativa, comunicar es un acto arquitectónico:
no se trata de convencer, sino de abrir posibilidades de sentido.
Y solo quien entiende esto deja de comunicar para empezar a relacionarse.