El discurso dominante dice que trabajamos para generar valor, ingresos, impacto.
Pero hay una capa más profunda, menos cómoda:
gran parte del trabajo existe para evitar el vacío.
La ocupación constante no siempre responde a necesidad externa.
Muchas veces responde a una necesidad interna:
no detenerse lo suficiente como para preguntarse
si lo que hacemos tiene sentido.
La productividad, llevada al extremo, se convierte en una estrategia de evasión sofisticada.
Una forma socialmente aceptada de no mirar.
Hacer, responder, avanzar, optimizar…
todo eso puede ser progreso.
O puede ser ruido organizado para no pensar.
El marketing posthumanista no solo cuestiona lo que se comunica.
Cuestiona desde qué estado interno se produce.
Y ahí aparece la incomodidad real:
si detuvieras el sistema…
si dejaras de hacer durante un momento…
¿seguirías eligiendo exactamente lo mismo?
Teme descubrir que ha estado avanzando con precisión…
en una dirección que nunca eligió conscientemente.