Durante décadas, las marcas compitieron por parecer perfectas. Hoy, la inteligencia artificial amenaza con conseguirlo para todas.
Imágenes impecables, mensajes precisos, experiencias personalizadas. Cuando cualquiera puede alcanzar la excelencia técnica, esta deja de ser una ventaja competitiva.
Surge entonces una paradoja: cuanto más fácil resulta fabricar perfección, más valiosa puede volverse la imperfección auténtica.
Una duda, una contradicción o una decisión inesperada pueden transmitir más identidad que mil mensajes optimizados.
El marketing posthumanista deberá aprender a distinguir entre aquello que conviene perfeccionar y aquello que merece conservarse precisamente porque es humano.
Porque, en un mundo donde todo puede parecer extraordinario, lo verdaderamente singular quizá sea aquello que no intenta parecerlo.

