Durante años hablamos de captar atención como si el usuario fuera una presa.
Impactar.
Interrumpir.
Retener.
Perseguir.
Pero la atención humana no es solo un recurso disponible. También es una forma de intimidad.
Cuando alguien mira, concede una parte de sí.
Por eso el marketing que invade puede lograr visibilidad, pero rara vez construye vínculo. Entra por la fuerza y sale con la misma rapidez.
El marketing posthumanista entiende otra cosa: no toda atención vale lo mismo.
La más valiosa no es la que se arranca.
Es la que alguien entrega porque siente que allí no será manipulado.
La atención no quiere ser cazada.
Quiere encontrar un lugar donde quedarse.