Durante siglos, la ignorancia fue consecuencia de la falta de información. Hoy también puede ser resultado de su abundancia.
El marketing digital ha descubierto que no necesita ocultar la verdad para condicionar nuestras decisiones. Basta con seleccionar qué verdades mostrar, cuáles repetir y cuáles dejar desaparecer.
Los algoritmos no solo organizan información: intervienen en la construcción de nuestra percepción del mundo.
Así aparece una nueva forma de poder: no controlar lo que pensamos, sino aquello sobre lo que tenemos oportunidad de pensar.
El marketing posthumanista debería asumir una responsabilidad que trasciende la transparencia: preservar la posibilidad de descubrir aquello que ningún algoritmo considera conveniente mostrarnos.
Porque la manipulación más profunda quizá no consista en hacernos creer algo falso, sino en impedir que lleguemos a formular determinadas preguntas.
