El marketing ha convertido la velocidad en virtud: responder antes, detectar antes, ofrecer antes.
Pero llegar primero no significa llegar mejor.
Hay decisiones que necesitan madurar. Deseos que desaparecen si nadie los estimula. Compras que dejan de parecer necesarias después de unas horas.
Quizá por eso exista un territorio comercial todavía poco explorado: la demora deliberada.
Una marca podría aumentar su valor precisamente renunciando a explotar el instante de máxima vulnerabilidad del consumidor.
No preguntarse únicamente cuándo es más probable que alguien compre, sino cuándo debería dejarle decidir.
En un mercado obsesionado con reducir el tiempo entre deseo y compra, introducir tiempo puede convertirse en una forma radical de respeto.
Y quizá también de confianza.