El marketing tradicional intenta comprender lo que las personas desean. El marketing algorítmico comienza a anticipar lo que desearán.
Pero existe una frontera inquietante: cuando una predicción influye en nuestras decisiones, deja de limitarse a describir el futuro y comienza a construirlo.
Los algoritmos identifican preferencias, sugieren comportamientos y organizan las opciones que encontramos. Poco a poco, nuestras elecciones pueden convertirse en respuestas a posibilidades previamente seleccionadas por otros.
Surge así una paradoja: creemos que la tecnología aprende de nuestros deseos, cuando también nuestros deseos pueden estar aprendiendo de ella.
El marketing posthumanista deberá afrontar una responsabilidad inédita: no solo satisfacer necesidades, sino preguntarse qué clase de necesidades está contribuyendo a crear.
Porque el poder más profundo del marketing quizá no sea vendernos lo que queremos, sino intervenir en aquello que llegaremos a querer.

