Cuanto mejor nos conoce un sistema, menos necesita preguntarnos.
Predice qué veremos, qué compraremos, qué nos interesará e incluso qué probablemente desearemos después. El marketing celebra esa precisión porque reduce incertidumbre. Pero quizá también reduzca algo más: la posibilidad de sorprendernos a nosotros mismos.
Cuando todo lo que recibimos procede de lo que ya hicimos, nuestra conducta pasada empieza a diseñar nuestro futuro. La personalización deja entonces de ser únicamente comodidad y se convierte en una frontera invisible.
El verdadero desafío del marketing posthumanista quizá no sea anticipar perfectamente al individuo, sino reservar un espacio para aquello que todavía no es.
Porque una persona completamente predecible corre el riesgo de convertirse en prisionera estadística de quien fue.