En el marketing contemporáneo existe una tentación constante: hacer lo que funciona.
Si una fórmula genera resultados, se replica.
Si un mensaje convierte, se amplifica.
Pero lo que funciona no siempre tiene sentido.
Si una fórmula genera resultados, se replica.
Si un mensaje convierte, se amplifica.
Pero lo que funciona no siempre tiene sentido.
El marketing con sentido no persigue únicamente eficacia, sino coherencia entre medios y fines.
Una estrategia puede aumentar ventas y, al mismo tiempo, erosionar confianza.
Puede generar crecimiento inmediato y deterioro reputacional a largo plazo.
El éxito técnico no garantiza valor ético.
Y el mercado posthumanista empieza a distinguir entre ambas cosas.
La verdadera pregunta no es “¿esto convierte?”, sino
“¿esto contribuye?”
Contribuye a la claridad, a la confianza, a la dignidad del usuario.
Cuando el sentido desaparece, el rendimiento se vuelve frágil.
Cuando el sentido guía la acción, el resultado puede tardar más… pero permanece.