Durante años se creyó que la atención era un recurso capturable.
Bastaba con interrumpir mejor, insistir más o pagar más caro el espacio.
Bastaba con interrumpir mejor, insistir más o pagar más caro el espacio.
Hoy sabemos que no es así.
La atención no se conquista desde fuera.
Se concede desde dentro.
Solo aparece cuando algo encaja con lo que el usuario ya es, ya piensa o está a punto de descubrir.
Por eso, el marketing que persigue atención genera rechazo.
Y el que la merece, apenas necesita buscarla.
No es una cuestión de visibilidad.
Es una cuestión de afinidad invisible.